Vos llegaste después.
Siempre llegás
después.
Eso es lo incómodo de esto. No es que te falte sensibilidad en las manos — es que estuviste trabajando con un sistema que actúa antes de que vos decidas nada, y nadie te enseñó a leerlo. Te enseñaron técnica. Te enseñaron protocolo. Nadie te sentó a explicarte que cuando tocás lento activás una fibra que no existe en la palma de tu mano, solo en la piel con vello — y que esa misma fibra, si vas un poco más rápido, se apaga. No baja. Se apaga.

Nadie te dijo tampoco que hay una diferencia entre calmar el dolor de alguien y bajarle el sistema nervioso — que son dos cosas distintas, con vías distintas, y que podés estar haciendo una sin la otra durante años sin notarlo.
Y nadie te explicó por qué el mismo toque que a una persona la relaja, a otra la puede poner en alerta. Eso no es intuición fallida tuya. Es que el trauma reescribe cómo un cuerpo interpreta el contacto, y si no sabés leer esa reescritura, estás tocando a ciegas a la persona más vulnerable que vas a tener en la camilla.
